LOS DOS GIGANTES DE LOS ANDES: LOS PICAFLORES QUE CONECTAN CHILE, PERÚ Y LOS BOSQUES ALTOANDINOS
Patagona gigas y Patagona chaski / Patagona peruviana: dos gigantes que hoy pueden observarse en Pachacútec Bosque Andino
Hay aves que parecen pertenecer a un solo lugar. Hay otras que pertenecen a una montaña, a un valle o a un bosque. Y existen algunas cuya historia es mucho más grande que el paisaje donde las observamos. El Picaflor Gigante, uno de los animales más extraordinarios de los Andes, pertenece a esta última categoría.
Durante siglos, los científicos pensaron que existía una sola especie de gran picaflor dentro del género Patagona. Hoy sabemos que la historia es mucho más compleja. La investigación genética, fisiológica, morfológica y de seguimiento de movimientos ha demostrado que existen dos especies biológicas profundamente diferenciadas: el Picaflor Gigante del Sur, Patagona gigas, asociado a poblaciones migratorias, y el Picaflor Gigante del Norte, actualmente tratado como Patagona peruviana, asociado a las zonas altoandinas y anteriormente denominado Patagona chaski.
Y esta historia tiene una importancia especial para Pachacútec Bosque Andino, porque aquí tenemos la oportunidad de observar a estos grandes picaflores dentro de un paisaje que durante más de siete años hemos venido restaurando mediante la recuperación de vegetación y la plantación de aproximadamente 15 000 plantas.
Lo extraordinario no es solamente observar un ave de gran tamaño.
Lo extraordinario es comprender qué significa que un gigante de los Andes llegue a un bosque restaurado, encuentre flores, se alimente, transporte polen y vuelva a utilizar un territorio que estamos recuperando.
El picaflor más grande del mundo no era uno: eran dos
Durante mucho tiempo, el nombre Patagona gigas fue utilizado para referirse al gran picaflor distribuido por diferentes regiones de los Andes. La apariencia prácticamente idéntica de las poblaciones hizo que la separación entre ellas permaneciera oculta durante generaciones.
La investigación liderada por Jessie Williamson y colaboradores cambió esta historia. El estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences combinó seguimiento mediante geolocalizadores, genética, fisiología y morfología. Los investigadores descubrieron que las poblaciones migratorias del sur y las poblaciones residentes de las altas montañas habían seguido trayectorias evolutivas diferentes durante millones de años y presentaban diferencias profundas, aunque muy difíciles de detectar simplemente mirando el plumaje.
La situación taxonómica merece una explicación porque ha evolucionado rápidamente. Williamson y colaboradores describieron en 2024 al gigante norteño como Patagona chaski. Posteriormente, una revisión nomenclatural publicada en 2025 concluyó que el nombre Patagona peruviana, descrito por Boucard en 1893, tiene prioridad y debe utilizarse para el gigante norteño, mientras que Patagona chaski queda como sinónimo posterior.
Por eso, en Pachacútec Bosque Andino proponemos utilizar ambos términos de manera informativa:
Picaflor Gigante del Norte — Patagona peruviana (antes descrito como Patagona chaski).
Picaflor Gigante del Sur — Patagona gigas.
Esta precisión es importante porque la ciencia continúa perfeccionando la identificación y distribución de estas dos especies. De hecho, los especialistas advierten que pueden ser extremadamente difíciles de distinguir únicamente mediante plumaje o morfología.
Dos gigantes, dos historias de vida
La diferencia fundamental entre ellos no está necesariamente en algo que un visitante pueda reconocer inmediatamente con una fotografía.
Está en la manera en que utilizan los Andes.
El gigante norteño es una especie asociada a las grandes elevaciones andinas y puede encontrarse durante todo el año en diferentes regiones de los Andes. En Perú ocupa ambientes áridos y semiáridos, valles interandinos, matorrales, cercos, áreas agrícolas, bosques abiertos y jardines, incluso ambientes donde aparecen plantas como Puya, agaves y cactus.
El gigante sureño cuenta una historia diferente. Algunas de sus poblaciones realizan una migración extraordinaria desde zonas de reproducción en Chile y Argentina hacia los Andes durante el invierno austral.
Y aquí aparece uno de los descubrimientos más fascinantes de la ornitología moderna.
La científica que siguió al gigante de los Andes
En 2016, la investigadora estadounidense Jessie Williamson inició un proyecto internacional para resolver un misterio que había permanecido durante siglos: ¿a dónde desaparecían los grandes picaflores del sur después de reproducirse?
La pregunta tenía antecedentes históricos. Incluso Charles Darwin, durante su viaje por Sudamérica en 1834, observó estos grandes picaflores en Chile y se preguntó hacia dónde desaparecían después de la temporada reproductiva.
La solución parecía sencilla en teoría, pero era extraordinariamente difícil en la práctica: había que seguir individualmente a un ave que pesa apenas unas decenas de gramos a través de miles de kilómetros de paisaje andino.
Williamson y su equipo desarrollaron pequeños dispositivos de seguimiento.
No era una mochila convencional. Era un miniaturizado geolocalizador colocado sobre el ave mediante un arnés, diseñado para pesar solamente alrededor de 0,3 gramos, de manera que no interfiriera significativamente con su comportamiento.
Capturar estos picaflores fue otro desafío. El equipo llegó a necesitar, en promedio, aproximadamente 146 horas de trabajo con redes para capturar un solo individuo. Finalmente, 57 aves fueron marcadas con geolocalizadores y transmisores satelitales, aunque recuperar los dispositivos fue aún más difícil.
Y entonces ocurrió algo extraordinario.
Uno de aquellos picaflores regresó.
El dispositivo permitió reconstruir una migración de ida y vuelta de aproximadamente 8.368 kilómetros entre la costa chilena y los Andes peruanos, una de las migraciones más extraordinarias registradas para cualquier colibrí.
El ave había realizado además un ascenso vertical de aproximadamente 3.962 metros, con pausas durante el ascenso que permitían al organismo adaptarse progresivamente a condiciones de menor disponibilidad de oxígeno.
El descubrimiento fue todavía más profundo: el gigante migratorio y el gigante residente no solamente se movían de manera diferente. También presentaban diferencias fisiológicas relacionadas con la respiración y la sangre. Las poblaciones residentes de gran altitud mostraban mayor capacidad pulmonar y características sanguíneas diferentes, mientras que los migrantes tenían que realizar un proceso de aclimatación durante su ascenso.
La montaña había ocultado durante siglos una historia evolutiva.
La ciencia finalmente pudo verla.
¿Y qué tiene que ver esto con Pachacútec Bosque Andino?
Aquí comienza nuestra propia historia.
Pachacútec Bosque Andino no es solamente un lugar donde se pueden observar picaflores. Es un espacio donde durante más de siete años hemos trabajado para recuperar vegetación y reconstruir recursos para la fauna.
Hemos sembrado aproximadamente 15 000 plantas.
Y cuando una planta crece, no solamente estamos agregando un elemento verde al paisaje. Estamos creando flores, frutos, refugios, estructuras vegetales y nuevas oportunidades para insectos, aves y otros organismos.
Para los picaflores, las flores son particularmente importantes.
Y entre todos los visitantes que llegan a las flores del bosque, el Picaflor Gigante tiene una importancia extraordinaria.
Su gran tamaño, su capacidad de desplazamiento y su relación con numerosas plantas altoandinas hacen que sea una especie particularmente interesante para estudiar dentro de un proyecto de restauración.
El gigante que poliniza los Andes
Cuando hablamos del Picaflor Gigante, no debemos pensar solamente en un ave que consume néctar.
Debemos pensar en un transportador de polen.
Cuando el picaflor introduce su pico y cabeza en una flor, las estructuras reproductivas de la planta pueden entrar en contacto con su cuerpo. El polen puede adherirse y ser transportado hacia otra flor de la misma especie.
Este proceso convierte al picaflor en parte de una red ecológica fundamental: flor → néctar → picaflor → polen → otra flor → reproducción de la planta.
La importancia de este proceso está documentada en los Andes. Investigaciones realizadas en Áncash encontraron que Patagona gigas forma parte de la comunidad de picaflores que visitan flores de Puya, plantas particularmente importantes en ambientes de gran altitud donde la diversidad floral puede disminuir. En Puya raimondii, por ejemplo, se ha registrado al Picaflor Gigante entre los visitantes florales considerados potenciales polinizadores.
También existen estudios que muestran una relación particularmente interesante entre Patagona gigas y plantas altoandinas. En Tecoma fulva, un arbusto nativo de los valles secos de los Andes, el Picaflor Gigante fue registrado como el principal visitante floral del estudio.
Incluso en el cactus columnar Oreocereus celsianus, investigaciones han identificado a Patagona gigas como el principal polinizador de sus flores en determinadas condiciones.
Por eso, cuando hablamos de restauración altoandina, no estamos solamente sembrando plantas para alimentar aves.
Estamos reconstruyendo interacciones ecológicas.
De los 2 500 a los 4 000 metros: un corredor de flores
Los Andes son un enorme sistema vertical.
A medida que ascendemos, cambian la temperatura, la disponibilidad de agua, los suelos, la vegetación y la composición de las comunidades biológicas.
Entre aproximadamente los 2 500 y 4 000 metros de altitud, diferentes ambientes altoandinos pueden ofrecer recursos florales utilizados por picaflores. No significa que todas las plantas de ese rango sean polinizadas por Patagona, ni que el gigante sea el único polinizador; significa que dentro de este gradiente existen numerosas interacciones entre picaflores y plantas que todavía necesitamos estudiar mucho mejor.
Y ahí aparece una de las grandes oportunidades de Pachacútec.
Cuando comenzamos nuestra restauración, no sabíamos exactamente qué ocurriría.
Plantamos.
Cuidamos.
Observamos.
Esperamos.
Y las flores comenzaron a aparecer.
Después llegaron más aves.
Y los picaflores comenzaron a utilizar nuevamente el espacio.
Entre ellos, uno de los protagonistas fue el gigante.
La restauración comenzó a convertirse en una conversación entre plantas y aves.
El Picaflor Gigante como indicador de restauración
La presencia de un Picaflor Gigante no demuestra por sí sola que un ecosistema se haya recuperado completamente. Sería científicamente incorrecto afirmarlo.
Pero sí constituye una observación ecológica muy interesante.
Un ave de gran tamaño necesita energía. Necesita flores, necesita lugares donde desplazarse y descansar y necesita un paisaje que le permita satisfacer sus requerimientos.
Por eso, en Pachacútec queremos ir más allá de simplemente registrar que “vimos un Picaflor Gigante”.
Queremos saber:
¿Qué planta estaba visitando?
¿A qué hora?
¿En qué época del año?
¿Cuántas flores estaban disponibles?
¿Era un individuo residente o un visitante estacional?
¿Se trata del gigante norteño o del gigante sureño?
¿Qué relación existe entre la floración y su presencia?
Estas preguntas pueden transformar una observación turística en una observación científica.
El problema: los gigantes están perdiendo paisaje
El futuro de estos grandes picaflores depende de algo mucho más grande que el ave misma: la conservación de los ecosistemas que sostienen sus recursos.
La destrucción y fragmentación del hábitat, la expansión agrícola, las quemas, la contaminación y otras presiones humanas afectan a numerosas comunidades de aves y plantas de los Andes. En el caso del Picaflor Gigante se han señalado como amenazas la destrucción y fragmentación del hábitat, la contaminación y el cambio climático.
El problema no es solamente que desaparezca un árbol.
Cuando desaparece la vegetación, desaparecen también las flores.
Cuando desaparecen las flores, disminuyen los recursos para los nectarívoros.
Cuando se fragmenta el paisaje, las rutas entre parches de vegetación pueden hacerse más difíciles.
Cuando las fuentes de agua disminuyen o se altera la disponibilidad hídrica, cambia la capacidad de regeneración de la vegetación.
Y cuando las ciudades avanzan sobre los espacios naturales, los pequeños corredores ecológicos que conectaban diferentes sectores pueden desaparecer.
Por eso debemos hablar de pérdida de hábitat y degradación del paisaje, más que utilizar “desertificación” como una explicación general para cualquier pérdida de vegetación. La desertificación es un proceso específico de degradación de tierras en zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas y debe utilizarse técnicamente cuando las condiciones corresponden.
El fuego también cambia los Andes
Las quemas son especialmente preocupantes en ecosistemas que no evolucionaron bajo regímenes frecuentes de incendios.
En diferentes paisajes altoandinos peruanos se ha documentado que los incendios provocados para agricultura, eliminación de residuos u otras prácticas humanas pueden degradar seriamente el hábitat de aves de montaña.
Por eso, conservar un bosque no significa únicamente evitar la tala.
Significa también proteger el suelo, mantener la vegetación, conservar fuentes de agua, prevenir incendios, mantener plantas nativas y permitir que las interacciones ecológicas continúen.
Pachacútec: un pequeño laboratorio para una gran pregunta
La presencia de los dos gigantes en Pachacútec abre una oportunidad científica excepcional.
Si conseguimos documentar de manera rigurosa qué especies utilizan el observatorio, en qué temporadas aparecen, qué plantas visitan y qué comportamiento presentan, podremos comenzar a construir una historia natural local de Patagona en Cusco.
El desafío taxonómico es real porque las dos especies son muy parecidas y su identificación en campo puede ser difícil. La revisión de 2025 señala que incluso especialistas pueden encontrar enormes dificultades para separarlas únicamente mediante plumaje y morfología.
Por eso, una fotografía puede ser una evidencia importante, pero no siempre será suficiente para identificar con certeza cuál de los dos gigantes estamos observando.
Aquí entra nuestra propuesta de investigación.
Cada observación debe registrar fecha, hora, ubicación, comportamiento, planta utilizada y, cuando sea posible, fotografías de calidad. Con el paso de los años, podremos construir una base de datos que permita estudiar patrones estacionales.
Pachacútec podría convertirse así en un sitio de seguimiento permanente de los grandes picaflores de los Andes.
Restaurar una planta es restaurar una relación
Después de más de siete años de trabajo y aproximadamente 15 000 plantas sembradas, hemos aprendido que la restauración no termina cuando colocamos una planta en el suelo.
La verdadera restauración comienza cuando esa planta crece.
Cuando florece.
Cuando un insecto la visita.
Cuando un picaflor encuentra su néctar.
Cuando el polen viaja.
Cuando aparece una semilla.
Cuando otra planta crece.
Cuando una nueva ave utiliza el espacio.
Eso es lo que significa reconstruir un ecosistema.
Por eso, en Pachacútec Bosque Andino, el Picaflor Gigante representa mucho más que una especie atractiva para el turismo.
Es uno de los protagonistas de la historia ecológica de nuestra restauración.
Dos gigantes y un mismo bosque
Hoy sabemos que los Andes esconden dos grandes historias dentro de un mismo género.
Patagona gigas representa una de las migraciones más extraordinarias conocidas entre los colibríes: un viaje que conecta los paisajes de Chile con los Andes peruanos y que puede superar los 8 000 kilómetros en un ciclo completo.
Patagona peruviana, anteriormente denominada Patagona chaski en el trabajo que reveló esta separación, representa al gigante norteño asociado a los ambientes altoandinos.
Dos especies.
Dos estrategias.
Dos historias evolutivas.
Y un mismo paisaje andino donde, durante determinadas épocas, sus distribuciones pueden coincidir.
En Pachacútec tenemos la oportunidad de observar esa historia directamente.
No sabemos todavía cuánto podremos descubrir.
Pero sí sabemos algo.
Cada flor que recuperamos puede convertirse en un punto de encuentro entre la restauración y la biodiversidad.
Cada picaflor que llega nos recuerda que el bosque está ofreciendo recursos.
Y cada Picaflor Gigante que cruza el cielo nos recuerda que los Andes no son solamente montañas separadas: son una red de corredores ecológicos, flores, agua, vegetación y vida que conecta territorios mucho más allá de lo que nuestros ojos pueden ver.
Pachacútec Bosque Andino: donde los gigantes encuentran flores nuevamente
Nuestro trabajo comenzó recuperando un espacio.
Hoy queremos dar un paso más: comprender científicamente lo que estamos recuperando.
Las aproximadamente 15 000 plantas que hemos sembrado representan mucho más que una cifra. Son miles de oportunidades para que regresen flores, insectos, aves y procesos ecológicos.
Y entre esos procesos se encuentra la polinización.
Cuando un Picaflor Gigante visita una flor, no solamente está buscando alimento.
Puede estar llevando consigo el futuro de otra planta.
Por eso, proteger al Picaflor Gigante significa proteger también las plantas que lo alimentan, los paisajes donde se desplaza, los bosques y matorrales que utiliza, los corredores ecológicos que conectan los Andes y las comunidades que dependen de estos ecosistemas.
En Pachacútec Bosque Andino queremos que nuestros visitantes no solamente vean al Picaflor Gigante. Queremos que comprendan por qué su presencia importa.
Porque cuando observamos a Patagona gigas o Patagona peruviana, no estamos viendo solamente al colibrí más grande del mundo.
Estamos viendo una parte del funcionamiento de los Andes.
Y cuando un gigante vuelve a encontrar flores en un bosque restaurado, podemos entender que conservar no significa únicamente proteger lo que queda.
También significa recuperar aquello que parecía perdido.