GABRIEL HERRERA EN PACHACÚTEC BOSQUE ANDINO: FOTOGRAFÍA, CONSERVACIÓN Y UNA NUEVA MIRADA AL CUSCO NATURAL
GABRIEL HERRERA Y LA CONSERVACIÓN: UNA MIRADA QUE AYUDA A CONTAR EL PERÚ NATURAL
Hablar de Gabriel Herrera Sánchez es hablar de una manera de recorrer el Perú en la que el viaje, la fotografía, la edición y la conservación terminan encontrándose. Su trayectoria profesional se ha desarrollado alrededor de imágenes, publicaciones, expediciones y relatos capaces de acercar al público a territorios que muchas veces permanecen lejos de las rutas más conocidas. Montañas, bosques, comunidades, áreas naturales protegidas y personas dedicadas a cuidar la biodiversidad forman parte de ese universo que durante años ha observado y documentado. En el artículo que hemos venido construyendo sobre su llegada a Pachacútec Bosque Andino, esa dimensión resulta especialmente importante, porque su visita no fue solamente la de un fotógrafo que llegó en busca de aves, sino la de una persona acostumbrada a descubrir las historias humanas y ambientales que existen detrás de un paisaje.
La conservación necesita precisamente ese tipo de mirada. Durante mucho tiempo se pensó que proteger la naturaleza consistía únicamente en mantener grandes territorios alejados de la intervención humana. Hoy sabemos que el desafío es mucho mayor. Es necesario proteger los ecosistemas que todavía conservan su integridad, pero también recuperar aquellos lugares que fueron transformados, restaurar vegetación, devolver alimento y refugio a la fauna, generar conocimiento y lograr que las personas vuelvan a sentirse vinculadas con la naturaleza. En Pachacútec Bosque Andino esa idea constituye la esencia del proyecto. No se trata solamente de observar picaflores; se trata de comprender qué necesita un picaflor para vivir, qué plantas utiliza, qué insectos forman parte del ecosistema, qué sucede durante las diferentes estaciones y cómo un territorio puede comenzar lentamente a recuperar biodiversidad después de años de trabajo.
Por eso la visita de Gabriel Herrera tuvo para nosotros un significado especial. Cuando recorrió Pachacútec pudo observar un ecosistema todavía en proceso de recuperación, un espacio donde miles de plantas han sido incorporadas progresivamente y donde el retorno de las aves se ha convertido en una de las señales más visibles de que el esfuerzo realizado está generando resultados. Nuestro propio relato sobre la visita destaca justamente que detrás de cada fotografía de un colibrí existen años de trabajo que una imagen, por sí sola, no siempre alcanza a mostrar: personas que siembran, observan, investigan, esperan y continúan cuidando el lugar para que la vida tenga nuevamente condiciones adecuadas.
La experiencia profesional de Gabriel Herrera resulta especialmente valiosa porque su trabajo ha buscado muchas veces revelar lo que existe detrás de los grandes paisajes. El proyecto Guardianes, mencionado en el texto base, es un ejemplo de esta forma de entender la comunicación ambiental. Allí, la atención no se dirige solamente hacia los territorios protegidos, sino también hacia los hombres y mujeres que trabajan para conservarlos. La mirada se desplaza entonces del paisaje espectacular hacia la persona que vigila, investiga, educa, protege y permanece en el territorio cuando las cámaras ya se han marchado. Ese enfoque conecta profundamente con lo que ocurre en proyectos como Pachacútec Bosque Andino, donde la conservación también se construye mediante acciones cotidianas que muchas veces resultan invisibles para quien llega solamente durante unas horas.
Una de las enseñanzas que deja la trayectoria de Gabriel es que la fotografía de naturaleza puede ser mucho más que una disciplina estética. Una fotografía puede despertar admiración, pero también puede despertar preguntas. Puede hacer que alguien quiera saber qué especie está observando, dónde vive, por qué necesita determinadas flores, qué amenazas enfrenta o quién se ocupa de proteger su hábitat. Cuando una imagen consigue provocar esas preguntas, comienza a transformarse en una herramienta de educación y de conservación. Esa idea aparece con fuerza en la historia de su visita a Pachacútec: una buena fotografía no termina en el ave retratada, sino que puede conducir hacia la planta que la alimenta, el ecosistema que la sostiene y las personas responsables de mantener ese espacio vivo.
Para nosotros, recibir a Gabriel Herrera significó también poder mirar nuestro propio trabajo desde afuera. Quienes permanecemos todos los días en un proyecto nos acostumbramos a sus cambios. Vemos crecer un árbol lentamente y dejamos de recordar cómo era cuando medía unos pocos centímetros. Escuchamos todos los días a determinadas aves y olvidamos por momentos que hace algunos años no estaban presentes. Caminamos por senderos que hoy parecen formar naturalmente parte del paisaje, aunque detrás de ellos existieron muchas jornadas de trabajo. La llegada de una persona con una larga experiencia observando y documentando diferentes territorios del Perú nos permitió detenernos y reconocer cuánto se ha avanzado, pero también cuánto falta todavía por hacer.
Su interés, sus fotografías, sus comentarios y las ideas compartidas durante la visita nos ayudaron a reafirmar una visión que queremos fortalecer: Pachacútec Bosque Andino puede convertirse en un observatorio reconocido no solamente por las especies que se observan allí, sino por la historia de restauración que existe detrás de ellas. Aspirar a ser uno de los mejores observatorios del Perú no debería significar únicamente ofrecer buenas oportunidades fotográficas. Significa construir un espacio donde la observación de aves esté acompañada por investigación, educación ambiental, restauración, interpretación y turismo responsable. Significa demostrar que visitar un bosque puede contribuir a mantenerlo y que conocer una especie puede ser el primer paso para querer protegerla.
Esta visión es especialmente importante para Cusco. El mundo conoce ampliamente su patrimonio arqueológico y cultural, pero existe un Cusco natural que todavía necesita ser contado con mucha más fuerza. Existe el Cusco de los bosques andinos, los humedales, la puna, los valles interandinos, el bosque nublado y la Amazonía. Existe un territorio donde la altitud cambia rápidamente y, con ella, cambian también las plantas, el clima y las comunidades de aves. La visita de Gabriel Herrera reforzó en nosotros la certeza de que este otro Cusco posee historias capaces de interesar tanto al viajero nacional como al internacional. Nuestro propio texto sobre su visita plantea precisamente esta posibilidad: mostrar una región que no termina en sus monumentos, sino que continúa en sus montañas, bosques, humedales y aves.
En ese contexto, la conservación y el aviturismo pueden convertirse en aliados. Un visitante que llega atraído por la posibilidad de fotografiar un colibrí puede terminar aprendiendo sobre restauración ecológica. Un niño que observa por primera vez un ave alimentándose de una flor puede comenzar a comprender la polinización. Un fotógrafo puede regresar a casa con una imagen, pero también con una historia que contar. Una agencia de viajes puede incorporar una experiencia de naturaleza a sus itinerarios y, al hacerlo, contribuir a generar recursos para mantener un proyecto de conservación. La verdadera oportunidad se encuentra en lograr que turismo y protección de la biodiversidad no sean actividades separadas, sino partes de un mismo modelo.
Gabriel Herrera representa también la importancia de contar bien estas historias. La conservación necesita investigadores, naturalistas, guardaparques, restauradores y comunidades, pero también necesita escritores, fotógrafos, editores y comunicadores capaces de traducir aquello que ocurre en el territorio para que otras personas puedan comprenderlo. Un bosque puede estar recuperándose silenciosamente durante años, pero una historia bien construida puede hacer que miles de personas conozcan ese proceso. Una fotografía puede convertir un pequeño lugar en una ventana hacia un problema mucho más amplio. Un artículo puede lograr que alguien que nunca ha visitado Cusco descubra que allí también existe una red de personas dedicadas a recuperar y proteger la naturaleza.
Esa es una de las razones por las que nos sentimos profundamente honrados con su visita. No queremos exagerar el significado de una sola jornada ni convertirla únicamente en un reconocimiento institucional. Lo valioso fue el intercambio. Poder mostrar el proyecto, escuchar una mirada experimentada, compartir preguntas, recibir ideas y comprobar que el trabajo realizado durante años podía despertar interés y entusiasmo en alguien acostumbrado a recorrer muchos de los grandes paisajes del Perú. Esa experiencia nos anima, pero también nos obliga a continuar mejorando.
Pachacútec Bosque Andino todavía tiene mucho camino por delante. Queremos conocer mejor nuestras aves, comprender sus movimientos, registrar las estaciones, estudiar las plantas que utilizan, mejorar nuestros espacios de observación, fortalecer la educación ambiental, formar nuevos voluntarios y establecer más vínculos con investigadores e instituciones. Queremos que cada fotografía obtenida en el bosque tenga detrás una historia de respeto y que cada visitante pueda comprender que las aves que observa no están allí por casualidad. Existen porque encuentran alimento, agua, vegetación, refugio y condiciones que debemos seguir protegiendo.
Esperamos también una nueva visita de Gabriel Herrera. Sería hermoso que pudiera regresar después de un tiempo y encontrar un bosque diferente. Árboles más altos, nuevas floraciones, nuevos registros de aves y nuevas historias para compartir. La restauración tiene precisamente esa particularidad: nunca está terminada. Cada temporada modifica el paisaje y cada año puede traer descubrimientos inesperados.
Las fotografías tomadas durante su primera visita quedarán como memoria de una etapa de Pachacútec Bosque Andino. Dentro de algunos años podrán ayudarnos a recordar cómo era este lugar y cuánto continuó transformándose. En ese sentido, fotografía y conservación vuelven a encontrarse. Una intenta detener un instante; la otra trabaja pensando en el futuro. Ambas requieren observar con atención aquello que tenemos delante y reconocer que merece permanecer.
La presencia de Gabriel Herrera en Pachacútec Bosque Andino nos dejó precisamente esa enseñanza. No basta con mirar una hermosa ave. Hay que aprender a mirar el territorio que la sostiene. No basta con admirar un paisaje. Hay que preguntarse quién lo cuida. No basta con hablar de conservación. Hay que convertirla en acciones sostenidas durante años.
Por eso recordamos su visita con gratitud y orgullo. Porque detrás del fotógrafo, editor y comunicador encontramos también a una persona interesada en conocer la historia que estábamos construyendo y capaz de alegrarse con nuestros avances. Su paso por el bosque reforzó nuestra convicción de que este pequeño territorio de San Jerónimo puede aportar a una historia mucho más grande: la de un Cusco que comienza a mostrarle al mundo no solamente la grandeza de su pasado, sino también la extraordinaria riqueza natural que todavía conserva y que todos tenemos la responsabilidad de proteger.
Gracias, Gabriel Herrera, por mirar Pachacútec Bosque Andino con atención, por compartir tu experiencia y por recordarnos que contar la naturaleza también es una manera de ayudar a conservarla.